jueves, 12 de julio de 2012

El anillo de la vida (por Vanina)

El día amaneció nublado, lluvioso, horrible. La tele, monotemática, contaba cómo inesperadamente a los 36 años moría Romina Yan, ícono de mi adolescencia y mamá de 3 nenes chiquitos. Me impactaba que fuera tan joven, que fuera mamá, que fuera Romina, que su mamá perdiera a su hija tan violentamente. Tantas cosas.

Pensar en otro tema era un imposible, no podía, no quería.

Sin embargo, las señales eran claras. Ya era la hora. Hora de ir al hospital. Todo indicaba que era el momento: Cata, mi chiquitina, estaba pidiendo pista y yo sentía la irracional necesidad de no hacer nada, de estar en la cama, en pausa. Era un día para que mis nueve meses de embarazo me dejaran descansar.  

Finalmente, después del control, la partera decidió mandarme a casa con la precisa indicación de volver si las contracciones se convertían en regulares. Cada 5 minutos de reloj. Así de simple, así de matemático.

Pasaba el mediodía de ese día gris y yo seguía sintiéndome dolorida pero también muy impresionada. Me conectaba con la vida que llevaba dentro pero también con la muerte que no paraba de aparecérseme a través de la pantalla.

Después buscamos a Felipe, mi hijo mayor, que por las dudas ya estaba en casa de su abuela. Y mi marido volvió al trabajo expectante esperando un posible llamado que indicara que tendría que dejar todo y salir corriendo. Otra vez.

En casa, acosté a Felipe en su cuna y durmió la siesta más larga que recuerdo.

Esperando las famosas contracciones regulares me detuve toda la tarde. Mirando los minutos del reloj y mirando las noticias transcurrió mi último día de embarazada. Perpleja, triste, sorprendida, angustiada, dolorida.

La tarde terminaba y afortunadamente Felipe seguía durmiendo.

No quería volver al hospital y que me volvieran a mandar a casa. Quería estar segura de ir en el momento preciso. Así que esperé lo que más pude.

Pasaron las seis de la tarde y el dolor que sentía me hizo llamar a mi obstetra. Ante el panorama inminente, sin dudarlo me mandó al hospital.

Felipe se despertó de su siesta justo cuando su abuela llegó para cuidarlo y mi marido para buscarme. Nos despedimos de él con mucha tranquilidad y se quedó contento, leyendo un cuento de elefantes.

Ya en el hospital el mensaje fue clarísimo: “7 cms de dilatación, cambiate, te espero en la sala de partos”.

Eso hice. 15 minutos y 3 pujos más tarde, tenía a Cata sobre mi pecho.

Sólo un rato después, la habitación del hospital a media luz acondicionaba nuestros primeros momentos enamorándonos de Cata. Fue entonces cuando con un “amor, gracias por todo”, mi marido me dio una cajita con un anillo adentro: angosto, delicado, con una especie de trébol de cuatro hojas de oro que indicaba que “cuatro” era el número de nuestra familia a partir de ese momento. Con el tiempo me enteré que esos cuatro círculos no eran un trébol, sino que simbolizaban una flor que mi marido quiso regalarme por la llegada de Catalina, la nueva flor de nuestra familia. Ese anillo que nunca volví a sacarme marcó el final de un día intenso, pleno, movilizador, agotador, imborrable. Un día en el que definitivamente, la vida le ganó a la muerte.

Vanina

2 comentarios:

  1. oh god... qué día tan emocionante y cuánta emoción en tu relato.

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  2. que lindo y emotivo! lagrimeando termino!

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